viernes, 7 de septiembre de 2007

Gotemburgo-Madrid-Filadelfia-Chicago-Iowa (Parte ONE)

I


Después del picnic ventoso que tuvimos a la orilla del lago, volvimos al apartamento para dar los últimos retoques a las valijas y para relajarnos un poco antes de emprender la marcha. Bajo la misma lluvia que nos dio la bienvenida hace casi dos meses, nos enroscamos en abrazos de despedida. Como era humanamente imposible ir todos al aeropuerto, los abuelos y la nieta fueron los encargados de acompañarnos.
Bajo un llanto torrencial llegamos a Säve, el segundo aeropuerto por lejos de Gotemburgo, aunque hay que reconocer que el auge que han tenido las compañías de bajo coste, especialmente Ryanair, provocó un aumento importantísimo de pasajeros por lo que el aeropuerto se debe adecuar a las exigencias. Esto pasa con muchos aeropuertos chicos que al ser más baratos para las compañías, cobran mucho protagonismo y llegan a tener un movimiento increíble. Cada vez que venimos o nos vamos de Gotemburgo comprobamos que alguna ampliación se ha hecho.
Pero en los detalles arquitectónicos nos centraríamos mucho después del penúltimo beso que nos dimos afuera y de la penúltima vez que vimos el bracito levantado de Valentina haciéndonos un pequeño adiós.


II


Me tienen los huevos llenos!. Así de contundente y de mal hablado debería gritar a los cuatro vientos este sentimiento que me oprime el corazón y la entrepierna. Pero claro, como soy tan cobarde y en el fondo respetuoso, me conformo con revolver en la cartera de Maria y buscar un papel y una lapicera para escribir lo que ocurre en este mismo instante en este incómodo y apretado viaje.
Encontré tres soportes de papel para la escritura. Un trozo de una tarjeta de embarque del viaje anterior con Ryanair, una hojita rosada y un pañuelo de papel con un uso, nada más, pero que en este momento algo es muchísimo.
Los que logran colmar mi paciencia son dos españoles, seguramente se trate de una pareja afincada en Suecia, que tratan de explicar a una suequita de ricitos de oro como se dice "buenas noches" en español. No estoy en contra de la enseñanza del idioma castellano, todo lo contrario, a lo que sí me opongo es a la instrucción a los gritos de lo que sea. Hablan tan fuerte que ni el ensordecedor y permanente ruido de las turbinas logran apaciguar sus voces. Están en la fila de 3 asientos de la derecha, enfrente a nosotros. Y no paran eh, ni miras todavía. Y yo que tenía tantas ganas de echarme una cabeceadita en este viaje a Madrid. Maria y yo estamos en la otra fila de 3 asientos separados de los insoportables por un pasillo angosto en el que desfilan las azafatas tratando de vendernos algo. Mi asiento es el del medio, Maria a mi izquierda duerme plácidamente al compás del arrorró de los motores, haciendo caso omiso a las clases de español urgente de nuestros amigos. Está hecha una media luna sobre la mesa azul de quitaipón con la campera de almohada y la nuca en la ventanilla que no muestra más que la oscuridad de la noche.
A mi derecha, completando el sándwich, una sueca lee una “Caras” en sueco con tanta compenetración que me da no se que molestarla para levantarme a por mi libreta de apuntes y así evitar seguir hurgando en la cartera de Maria en busca de más pedazos de papel para acribillar con esta Bic venida a menos.
El reloj marca las 23,30 horas, 2 de esas horas corresponden a lo que va de viaje, está faltando poco más de media hora para llegar a Madrid. A todo esto, los gallegos asuecados siguen explicando a la rubia que hacer en caso de incendio en Madrid y a mí, con un hilito fino de paciencia, se me terminó el papel.


III


Cuando la sueca de mi derecha se fue al baño, aproveché la volada para despegarme de asiento e ir a buscar la flamante libreta que me regalaron mis suegros, seres tan buenos y con tanto aguante que no pierden jamás las esperanzas de leer cosas mejores que estas.
El capitán del vuelo, 100 % argentiiino, anuncia el comienzo del descenso, lo very nice del clima y los 20 grados de temperaturas. Entonces los oídos comenzaron a taparse y en ocasiones a doler. Las turbinas comienzan a aminorar la marcha sin llegar a apagarse y el avión lentamente desciende planeando sobre la mole de cemento madrileña. No pegué un ojo en todo el recorrido, no pude por lo ya comentado, a pesar del cansancio acumulado en un día largísimo en Gotemburgo y la centena de páginas que me he devorado del libro de Pérez-Reverte, la tabla de Flandes para más detalles, ahora aparcado bajo a libreta debido a que los ojos no dan para más, están tan chiquitos que las letras se me amontonan, bailan, serpentean en las hojas amarillentas de los últimos capítulos.
Cuando los oídos se me tapan, no intento hacer nada para destaparlos. Debería mover la mandíbula abriendo y cerrando la boca varias veces pero para qué, los vecinos, aumentando cada vez más los decibelios siguen empeñados en que la piba sepa como pedir un baño en un restaurante de la capital española.
Si sumamos las clases de español a grito pelado, con el calor sofocante de dentro del aparato, con el berreo de los niños con oídos doloridos, con los asientos angostos y con un ángulo de no más de 92 grados que rompen espaldas y cóccix de cualquier cristiano, nos da un viaje barato y eterno.
Como último comentario antes del hasta luego y el nos vemos abajo, les dibujo en sus mentes con trazos gruesos y apurados, una noche limpia y serena, casi sin estrellas, apoyada en una gran alfombra persa tejida pacientemente con pequeñísimas bolitas de fuego que se agrandan a medida que nos acercamos.
Tengo que abrocharme el cinturón y cerrar la mesita que me sirve de apoyo. A punto de pisar suelo de Madrid, de "madriz", de los madriles, se apagan las luces para disponer de toda la energía en el aterrizaje.


IV


La pareja de pilotos porteños, hicieron un trabajo destacable, depositando el ave de chapa casi sin que se notase, sin los corcoveos característicos de un aterrizaje que al final no recibe los aplausos del público. En este caso hubo aplausos y serpentinas porque se los merecían che!
Son las 12 y media de la noche, recién, diría uno que tienen que esperar unas 12 horas para dormir en la cama de un hotel dulce hotel. Es que llegábamos tan tarde que no valía la pena gastarse una noche más. Las horas se van a pasar rápido. Lo mejor era buscar un lugar cerca de un toma corriente porque tenemos algunas películas para ver mientras degustamos alguno de los sándwiches exóticos que nos preparó Laura antes de salir de Gotemburgo.



V


Las 7 de la mañana del día domingo. Después de deambular con el carro cargado de valijas por la segunda planta de la Terminal 1 de Barajas, buscando un lugar más tranquilo, sin tanto tránsito y en donde pasemos más desapercibidos para la gente que va y viene por los corredores y que no deja de mirarnos intensamente. Levantamos campamento por lo menos 3 veces, antes de asentarnos por fin entre una veintena de viajeros de bajo coste que se distribuyen en parejas o en grupos acurrucándose con lo que tienen y con el que tienen a mano.
La noche se fue entre una comedia sueca que nos hizo reír un poco y las páginas de los libros que leíamos intermitentemente. A una hora de la madrugada que no recuerdo, nuestros ojos empezaron a arder, por lo que dormimos de forma discontinua con un ojo entreabierto hasta que una máquina de limpieza empezó a lustrar el piso donde estábamos. El ruido hizo levantar el campamento a todos, incluso a nosotros, que con la cara recién lavada esperamos que amanezca en Madrid.

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